Los rusos cruzan la frontera para comprar comida por el embargo contra Europa

Los rusos cruzan la frontera para comprar comida por el embargo contra Europa

Fuente:EL CONFIDENCIAL,09/10/2014 10:06 am


FERNANDO MARTINEZ

En Narva, donde se sitúa la frontera más antigua de Rusia, el número de ciudadanos rusos que cruzan la frontera para comprar comida se ha disparado desde que entró en vigor la prohibición de importar productos europeos. Incluso han aparecido ya quince compañías en San Petersburgo que organizan viajes especiales a esta ciudad de Estonia.




De acuerdo con Urmas Aas, inspector estonio de aduanas, más y más rusos vienen a comprar a este lugar. Se dejan entre 300 y 400 euros en comida. Los productos lácteos parecen ser los más apreciados, seguidos de la fruta y la carne. Pero “siempre han venido, y los estonios también van allí a recargar el depósito”, defiende Anatoli, un jubilado que camina varios kilómetros al día.

Lo paradójico es que cuando se les pregunta a esos ciudadanos si el embargo de comida europea está justificado –la medida que les obliga a perder hora y media en la frontera para comprar queso francés–, los afectados responden que sí, que Moscú debe demostrar su poder. Anatoli dice que en esta ciudad no hay separatismo: “El nacionalismo se limita a unos pocos imbéciles. No habrá problemas mientras en Tallín (capital de Estonia) nos traten bien”. Para este jubilado “la culpa de lo que está pasando en Ucrania es de Kíev. Vemos que en otros países también hay separatismo y allí no los bombardean”.

Paradójicamente, el sector más afectado por la prohibición de alimentos europeos es el turismo, en el que ha bajado el gasto por la devaluación del rublo. Además, la inflación interanual ha alcanzado un 8% este septiembre (16,8% en la carne y 14% en el pescado)El día es soleado en Narva y miles de pájaros cruzan el cielo de esta región en su migración otoñal hacia el sur. Frente al río que separa las dos fortalezas medievales, pregunto a los pescadores sobre el conflicto que tiene lugar en Ucrania. “Otro periodista”, responden hastiados; “Estamos bien en Europa”, añaden con desdén.

La vendedora de un quiosco ubicado en la antigua entrada de aduanas comenta que ella no cree “ni a unos ni a otros. Lo que quiero es que todo siga igual”. Este miedo a los cambios es difícil de entender en una comarca que sufre la mayor tasa de desempleo de Estonia y lleva décadas perdiendo población. Narva llegó a ser una prestigiosa ciudad industrial, pero le ha costado entrar en el Siglo XXI. A las ciudades fronterizas se las mima o se las abandona, no existe término medio. Desde hace un par de años, Narva parece despegar impulsada por las ayudas de la Unión Europea; “el nuevo imperio interesado en este lugar”, ironiza Kaarel, quien trabaja como historiador en el fantástico edificio del Narva College (50% pagado con fondos europeos).

“En Europa no sólo estáis desinformados, no os queréis enterar”

Para evitar el registro de los agentes de aduanas los ciudadanos rusos llevan los paquetes cerrados. “Lo curioso es que no se quejan. Yo creo que la agitación política promovida por la televisión los tiene a todos convencidos”, nos cuenta Vladímir al lado del puente fronterizo. En frente de su casa nos encontramos con otro Vladímir, nada parco en acusaciones: “Vosotros en Europa estáis ignorando el sufrimiento de Ucrania; no sólo estáis desinformados, es que no os queréis enterar”. Sobre la posibilidad de que ocurra algo parecido aquí reconoce que ya es tarde para pedir la independencia de Narva.

Antes de llegar al puente fronterizo, a la izquierda, hay un mirador en el que decenas de jubilados toman el sol y hacen ejercicio. “Nadie nos necesita”, dice Galina, de 60 años. El 90% de la población de esta ciudad estonia es ruso-hablante, aunque los niños ya mezclan el idioma estonio con el de Pushkin.

Varias veces al día, el operador de teléfono cambia, dependiendo de para dónde sople el viento. Beeline, Tele2, Beeline, Tele2… “¿Crees que pasamos hambre? Nuestras tiendas están llenas”, responde con enfado un ciudadano ruso frente a la aduana, donde hay una cola de cinco o seis personas y ocho coches. Ellos prefieren no extenderse sobre el tema. Paradójicamente, el sector más afectado por la prohibición de alimentos europeos es el turismo, en el que ha bajado el gasto por la devaluación del rublo. Además, la inflación interanual ha alcanzado un 8% este septiembre (16,8% en la carne y 14% en el pescado). Y a pesar de todo, las encuestas confirman que la aprobación de las políticas de Putin llega al 87%. Además, el 66% de la sociedad rusa considera que el país va bien y el 84% está a favor del embargo. ¿Cómo es posible?

La clave aquí es la idea rusa de ‘patriotismo’. Sanciones, fuga de capitales y de cerebros, aislamiento internacional, disminución del nivel de vida… todo esto parece una bagatela si se compara con la grandeza de Rusia. De hecho, los medios de comunicación llaman a los ciudadanos a hacer sacrificios “patrióticos” y demostrar de que el país no necesita a nadie, que lo tienen todo.

Toca sufrir por la recuperación de Crimea, “nuestro territorio”. Y recuerdan que antes “Rusia estaba arrodillada y ahora se está levantando; todos nos temen y por tanto envidian”. Libertad, bienestar, lucha contra la corrupción, desarrollo de infraestructuras y diversificación económica, todo puede esperar cuando se trata de demostrar poder.
La población rusa ha recuperado la idea de que la grandeza de su país depende de su demostración de fuerza en el mundo, del miedo que levantan. Esa demostración de poder va desde organizar macro-eventos como los Juegos Olímpicos de invierno o el Mundial de Fútbol a realizar obras megalómanas e intimidar a sus vecinos. En este sentido, Rusia parece ser más grande y mejor si toma Crimea, condiciona la política de Kíev, amenaza a los países bálticos, o ridiculiza a Bielorrusia y Kazajstán (ojo una vez que desaparezcan Lukashenko y Nazarbáyev).

El Kremlin alega, además, una moralidad superior a las convenciones internacionales y el multilateralismo. Para asegurar la unidad de Ucrania se vieron forzados a quedarse con parte de su territorio y para estabilizar la situación tuvieron que apoyar a los rebeldes. Igualmente, para mantener la estabilidad internacional, deben ignorar los canales establecidos de diálogo y cooperación, los cuales estarían deslegitimados -a ojos de Moscú- por los dobles estándares occidentales.

La clave aquí es la idea rusa de ‘patriotismo’. Sanciones, fuga de capitales y de cerebros, aislamiento internacional, disminución del nivel de vida… todo esto parece una bagatela si se compara con la grandeza de Rusia. De hecho, los medios de comunicación llaman a los ciudadanos a hacer sacrificios “patrióticos” y demostrar de que el país no necesita a nadie, que lo tienen todo.

Toca sufrir por la recuperación de Crimea, “nuestro territorio”. Y recuerdan que antes “Rusia estaba arrodillada y ahora se está levantando; todos nos temen y por tanto envidian”. Libertad, bienestar, lucha contra la corrupción, desarrollo de infraestructuras y diversificación económica, todo puede esperar cuando se trata de demostrar poder.

La población rusa ha recuperado la idea de que la grandeza de su país depende de su demostración de fuerza en el mundo, del miedo que levantan. Esa demostración de poder va desde organizar macro-eventos como los Juegos Olímpicos de invierno o el Mundial de Fútbol a realizar obras megalómanas e intimidar a sus vecinos. En este sentido, Rusia parece ser más grande y mejor si toma Crimea, condiciona la política de Kíev, amenaza a los países bálticos, o ridiculiza a Bielorrusia y Kazajstán (ojo una vez que desaparezcan Lukashenko y Nazarbáyev).

El Kremlin alega, además, una moralidad superior a las convenciones internacionales y el multilateralismo. Para asegurar la unidad de Ucrania se vieron forzados a quedarse con parte de su territorio y para estabilizar la situación tuvieron que apoyar a los rebeldes. Igualmente, para mantener la estabilidad internacional, deben ignorar los canales establecidos de diálogo y cooperación, los cuales estarían deslegitimados -a ojos de Moscú- por los dobles estándares occidentales.

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