Cambiar el mundo

Cambiar el mundo

Fuente: Transdoc, 23/06/2014 07:57 am

No hay que hacer política de cambio social porque la historia lo exija, sino porque es lo justo

JORGE M. REVERTE

Hay una frase de Karl Marx que sigue siendo subyugante por su redoble, repleta de ecos de movilización y compromiso. Está en sus tesis sobre Feuerbach: “Hasta ahora, los filósofos han intentado explicar el mundo. Se trata de cambiarlo”.

Luego está el Marx más filósofo y endeble. El que teoriza el desarrollo de las clases sociales y fija en la inexorable victoria del proletariado el final de la explotación del hombre por el hombre. Marx analizó con enorme brillantez (y enorme pesadez) su teoría del valor, con la que pretendía demostrar matemáticamente que la explotación de la fuerza de trabajo era inherente al proceso productivo. Grandes cabezas de la economía, como Piero Sraffa, gastaron años de su vida en montar complejos y elegantes desarrollos matemáticos que intentaban taponar las grietas del pensamiento del fundador.

Ese tiempo se agotó. Ni el proletariado ha seguido la senda prevista por Marx ni la ley del valor ha resultado incontestable.

Las economías en las que prevalecen la democracia y la transparencia se hacen más eficientes

Y en esto llegó Thomas Piketty, que se niega a ser encuadrado como un heredero de Marx, dice que no ha leído El capital (no sabe de lo que se ha librado) y acentúa todo su desarrollo teórico en el estudio de la desigualdad. El crecimiento de la desigualdad es demostrable e injusto, por lo que hay que luchar contra las tendencias que amparan su enloquecido crecimiento. Un crecimiento que, además, es perjudicial para el sistema.

El asunto funciona. Y tiene la gran ventaja de que devuelve a la política, desde el uso sensato de los datos reales, la gran responsabilidad de cambiar el mundo. No hay que hacer política de cambio social porque la historia lo exija, sino porque es lo justo.

La gran virtud del planteamiento de Pikkety, de su desarrollo teórico, tiene sus acompañamientos en otros frentes que también son, curiosamente, producto de estudios relacionados con los datos reales, que permiten establecer, con notable solidez, que las economías en las que prevalecen la democracia y la transparencia se hacen más eficientes.

Todo ese aparato que viene de las matemáticas, de la sociología, de la estadística, está sumando un formidable corpus teórico que puede y debe servir para la reconstrucción política de la izquierda democrática. En España, también. Los estudios de Ludolfo Paramio sobre la correlación entre democracia y desigualdad en América Latina son un buen ejemplo. Los desarrollos de Carlos Sebastián sobre la relación entre crecimiento y democracia en África, otro. Porque sus conclusiones son importables a nuestro país.

Los datos de Piketty, que han puesto nervioso al Financial Times, son un excelente punto de partida para la refacción de propuestas de la socialdemocracia europea.

Se puede dejar de ser marxista en el planteamiento filosófico de la inevitabilidad del destino que la historia entrega a la clase obrera, pero cabe ser más marxistas que nunca en la perspectiva de la tesis sobre Feuerbach: hay que cambiar el mundo. Porque es cada vez más injusto.













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