Secretarios guardaespaldas y asesores

Secretarios guardaespaldas y asesores

Fuente:El Periódico,11/08/2017 03:31 pm

Por José Barnoya

El presidente de la República, los ministros de Estado y los legisladores, se bastaban por sí mismos para cumplir sus funciones y no necesitaban de tecomates para nadar.

Claro que las cosas era diferentes en el siglo pasado: los maestros enseñaban, los alumnos estudiaban, los funcionarios trabajaban, los gobernantes gobernaban, los jueces administraban justicia, los diputados legislaban, cada quien hacía su oficio lo mejor que podía y la mayoría lo hacía bien.

Era el tiempo feliz de la Primavera Democrática durante la cual el presidente Arévalo transitaba por las calles en el automóvil que, si bien ostentaba el número UNO solitario, no era blindado ni lucía vidrios polarizados; ni mucho menos era seguido por un largo séquito de estrepitosos y prepotentes vehículos, repletos de guardaespaldas armados hasta las orejas y los dientes. Era la época promisoria en la que Manuel Galich, ministro de Educación, visitaba escuelas e institutos para supervisar la enseñanza y atender las necesidades de docentes y alumnos; y no gastaba el tiempo en entrevistas. Eran los días prósperos en los que los diputados de todas las ideas y colores, asistían puntuales al hemiciclo del Congreso para analizar propuestas, discutir decretos y aprobar mociones, escuchando atentos las intervenciones de los legisladores sin deambular despectivos por los pasillos, sin usar las carpetas de las curules como manteles, levantándose si acaso un par de veces –los adultos mayores– para hacer uso de los lavabos y vaciar así la vejiga.

Que yo recuerde, cuando a un funcionario se le daban las gracias por los servicios prestados, este regresaba a su ocupación habitual. Cuando el doctor Bernardo Aldana, dejó el Ministerio de Salud, abrió de nuevo su consultorio en la doce calle, reinstalando el rótulo en el que se leía debajo de su nombre: “Consulta de 3 a 7 p. m. Empuje”, que hacía referencia a la puerta de vaivén de acceso a la clínica. Jamás hubiera aceptado el célebre médico, asesorías de ninguna clase y secretarios
corruptos.


Está muy lejos la época en la que no existían –pues los marrulleros de siempre no los habían inventado– los asesores. El presidente de la República, los ministros de Estado y los legisladores, se bastaban por sí mismos para cumplir sus funciones y no necesitaban de tecomates para nadar. Leían, estudiaban, investigaban documentos, códigos, resoluciones, sin tener que recurrir a un tanate de asesores inútiles, inservibles e ineficaces, ni mucho menos secretarios corruptos.

Eran otros tiempos. Ahora, en esta tierra plagada de impunidad, cinismo, corrupción, extorsión, robo, tráfico de drogas, mutilaciones, violaciones, donaciones, sinecuras y otras linduras, supuestos funcionarios y servidores públicos, ven como la cosa más normal y natural, el tener a su servicio varios asesores inútiles, guardaespaldas altaneros y secretarios nefastos, así se trate del inútil primer mandatario, el vicepresidente indiferente, los ministros, viceministros, diputados, magistrados de las cortes, el gobierno en pleno. Así estamos y seguiremos hasta que explote todo y se haga trizas esta tierra.


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